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Esta crítica se publicó originalmente en esloveno, con traducción de Mojca Medvedsek, en la revista de cine Ekran, en su número de Julio de 2011.
A la película Alamar, del mexicano Pedros González-Rubio, no le hicieron falta ingredientes para convertirse en la sweetheart de varios festivales internacionales de cine independiente: un autor casi desconocido y de cine marginal, una relación de padre e hijo con elementos multiculturales, una naturaleza tropical deslumbrante y virgen y un acercamiento orgánico y políticamente correcto a todos estos elementos.
No hablar positivamente emocionado de Alamar me parece, en contraste con la unanimidad de alabanzas en todos los medios, como hablar mal del buen tiempo. Y no me lleva a ello una conocida inclinación humana que nos impulsa a descalificar lo que se produce en nuestra tierra de origen –desde que vi en un cine el accidente que abre la película Amores Perros, se inció mi luna de miel con el cine mexicano contemporáneo– lo haré porque creo que esta película, a falso caballo entre el cine documental y el de ficción, obtiene un excesivo reconocimiento, sobre todo y sin menoscabar su impecable factura estética, por tocar las fibras sensiblonas de su tiempo, nuestro tiempo, utilizando esquemas manidos hasta el cansancio.
Pedro González-Rubio, nacido en Bélgica, de padres mexicanos y con años adolescentes en la India y estudios de cine en Inglaterra, decidió acercarse al Banco Chinchorro, una barrera de arrecifes de coral en el Caribe mexicano, para narrar el encuentro temporal entre un padre, Jorge (Jorge Machado), un nativo de ascendencia maya de la zona y su hijo Natan (Natan Machado Palombini), quien vive de fijo con su madre italiana Roberta (Roberta Palombini) en Roma.
Las historias de mujeres europeas que encuentran el amor con un “buen salvaje” en los trópicos y luego vuelven al gentil abrazo de sus socialdemócratas tierras con un vástago producto del intento de su redención “natural”, podrían llenar volúmenes de libros repetitivos. En el caso particular de Roberta y Jorge, es la pusilánime inhabilidad de cada uno para encontrar la felicidad en el mundo del otro que los hace tomar la decisión de separarse. Una minimalista narración de los hechos abre la película con fragmentos de videos originales de la pareja y con el padre bailando en cámara lenta con el hijo (no importa que no lo cuide de tiempo completo; baila con él muy bonito). Muy pronto en el film aparece, a través de la voz de ella, el pensamiento retro-mágico que ha marcado singularmente a lo que llamo la “world music generation”: “creo que él y yo nos encontramos con el fin de que Natan naciera”. No es suficiente saber que Natan nació porque ellos se encontraron; hay que buscarle un significado trascendental al hecho dándole a las causas la prueba del efecto. Pero ese es un problema que tengo con Roberta –que en diversos avatares se me aparece por todos sitios–, ¿pero lo tengo también con el film?
González Rubio decidió contar este encuentro con un mínimo crew, armado él mismo de una pequeña cámara HD y auxiliado por un asistente de sonido. Lo ha hecho con una fotografía mesurada, hermosa y discreta; ha mantenido la música incidental a raya, dejando el juego armónico de audio a los sonidos de ambiente. Lo ha hecho guionando algunos de los eventos de lo que sucede en pantalla, queriendo apuntalar una estructura dramática. Aún así su intención ha sido la de que no suceda realmente nada, salvo el aparente desarrollo de la relación padre-hijo, la enseñanza-aprendizaje de la sobrevivencia sencilla en el mar y el disfrute orgánico de la naturaleza.
Alamar es un retrato sencillo de muy buenos trazos. González-Rubio se acerca a sus personajes con sensibilidad y dulzura y sabe mantener en su posproducción un tono y un tempo al parecer concebido desde la filmación. Pero a final de cuentas, Alamar es un retrato blando, bienintencionado, pero blando, casi hecho a la medida para una generación que se encuentra asustada por las estructuras verticales y los grandes objetivos y que agradece cualquier aproximación relativista a la existencia; una generación que clama por un regreso a lo básico y lo primario, mientras accede a las vías satelitales para enviar la imagen de un delfin de un punto al otro del planeta.
Haciendo a un lado las siempre pertinentes preguntas sobre la naturaleza del cine documental (la aproximación híbrida de González-Rubio a su discurso, destruye a mi entender, cualquier intención documental), la mirada de Alamar me produce mucho más preguntas que certezas: ¿cómo se conocieron Roberta y Jorge?¿es la primera vez que Natan visita a su padre?¿qué es lo que de verdad hace Jorge para vivir? Para quien no conoce la zona geográfica y las sutilezas del lenguaje particular de la región, puede pasar desapercibido que Jorge no habla como un pescador, sino como un hombre que ha hecho su vida en contacto con el turismo –no es difícil encontrar en sus diálogos con Natan el tono condescendiente que un guía de viaje de aventuras utiliza con sus clientes–. Y ¿qué relación guarda Jorge con el otro personaje de la película?
Un dramaturgo alguna vez dijo que siempre que veía una obra de Chejov, sentía el impulso de seguir a los actores secundarios cada vez que éstos salían de escena. Con Alamar me sucede algo similar: yo quisiera pasar más tiempo con Matraca (Nestor Marín), que en el planteamiento de la ficción de González-Rubio juega el rol del abuelo. Jorge, el padre, es una silueta de un personaje harto conocido para mí, que no guarda sorpresa alguna: el chamán-nativo-natural que reproduce una sabiduría de segunda mano que suele ser premiada por el turismo europeo como los saltos de las focas en un acuario. Matraca es un personaje quizás menos vendible en los festivales internacionales, pero mucho más rico, más cercano a los ritmos del mar y sus necesidades, sin el discurso vacío de este particular Tarzán maya. Cada vez que Matraca desparece del cuadro, la película se empobrece. La relación del padre y del hijo puede enternecer a muchos, pero es una relación ramplona que no se desarrolla y queda muy lejos de mostrar la riqueza que una relación así puede tener en la vida o en el cine. Si yo tuviera el joystick de esta particular historia, haría aparecer a Natan en la costa, sin el padre, esperando la llegada del abuelo.
González-Rubio ha utilizado impecablemente los recursos técnicos con los que ha trabajado; pero una película debe ser más que una serie de bellas postales y lindos mensajes. Quizás la paternidad es un tema demasiado complejo todavía para su lente; pero su lente promete. Y esa promesa será realidad si González-Rubio mantiene su sensibilidad cinematográfica, pero abandona el facilismo de su narrativa. Su acercamiento orgánico es loable, pero casi preferiría que tirara un par de colillas de cigarrillo al mar durante el rodaje y que a cambio le diera una dentellada a lo que tiene enfrente y nos mostrara un mundo con más textura.
Casi al final de la película, Jorge le habla a su hijo entre los manglares. Natan solloza mientras su padre le dice que pronto tendrán que despedirse. Jorge, entonces, apelando al pensamiento retro-mágico, tan caro para él y para Roberta –y que sin duda habrá poblado sus noches de amor (“nuestra relación fue algo mágico”, afirma Jorge al inicio de la película)– le dice al pequeño que él, Jorge, lo cuidará donde quiera que Natan vaya. Lo dice con un tono de encantamiento, convencido de que con la buena intención de sus palabras, logra cubrir el desmesurado tamaño de la mentira que está diciendo. No, no es cierto, puedo decirle con mi mejor tono de Scrooge a la mujer que llora junto a mí en el cine: en realidad no podemos enviar abrazos de luz a través de Facebook, ni acompañar con nuestra bondad el camino de los otros, ni proteger a los que queremos sin importar que estemos lejos de ellos. Para dar un abrazo, para acompañar en el camino, para proteger, hay que estar ahí, donde está el otro; lo demás, es sólo hocus-pocus.
Después del útlimo cuadro de la película, cuando el director nos ha mostrado a Natan de regreso en una Roma intencionadamente gris, los créditos, presentado entre una animación de gaviotas, nos dan la última admonición: “Actualmente se realizan esfuerzos para incluir al Banco Chinchorro dentro del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.” El último guiño de un corazón bienintencionado, con una frase pasiva e inoperante. Venga, González-Rubio, cuéntanos una historia.
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