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Dos Poemas de Fabio Morábito

 


Especie extinta, si las hay,

la de los hombres de zapatos blancos.

¿Dónde se habrán metido,

calziblancos que traían

a nuestro corazón urbano las palmeras,

los días costeros cuya luz

era más luz

si había señores de zapatos blancos,

zapatos hechos para el baile

y absueltos por el sol, que así podía

desentrañar la sombra

y dar el blanco por sentado?

Qué hermoso era que hubiera

esos varones mercuriales

que con sus mocasines blancos nos decían:

la vida puede darse entera en una orilla

sin dar la espalda nunca a lo que amamos,

siempre en el filo del primer atisbo,

jamás retrocediendo,

jamás oscureciendo nuestros pasos.

Se alaba de sus pasos la ciudad,

ellos que introducían en el tráfico

la nota discordante de una brisa.

¿En qué salón de baile se han reunido?

¿Por qué no salen como antes

a decirnos que los años

son demasiado pocos para malgastarlos

con el calzado negro de la prisa?




La Mudanza


A fuerza de mudarme

he aprendido a no pegar

los muebles a los muros,

a no clavar muy hondo,

a atornillar sólo lo justo.

He aprendido a respetar las huellas

de los viejos inquilinos:

un clavo, una moldura,

una pequeña ménsula,

que dejó en su lugar

aunque me estorben.

Algunas manchas las heredo

sin limpiarlas,

entro en la nueva casa

tratando de entender,

es más,

viendo por dónde habré de irme.

Dejo que la mudanza

se disuelva como una fiebre,

como una costra que se cae,

no quiero hacer ruido.

Porque los viejos inquilinos

nunca mueren.

Cuando nos vamos,

cuando dejamos otra vez

los muros como los tuvimos,

siempre queda algún clavo de ellos

en un rincón

o un estropicio

que no supimos resolver.


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