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Este ensayo se publicó originalmente en esloveno, con traducción de Mojca Medvedsek en la revista Literatura de Ljubljana, en su número de verano 2011.
“Retirado en la paz de estos desiertos
con pocos, pero doctos libros juntos
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.”
Quevedo
1
En ningún lugar del mundo he encontrado la cantidad de traductores que he conocido en Eslovenia: en Ljubljana hay tantos traductores como en Tijuana narcotraficantes. Lo singular es que en Tijuana uno encuentra gente consumiendo drogas por todos sitios, mientras que en las calles de Ljubljana, uno encuentra poca gente leyendo libros.
Eslovenia me pareció, desde mi llegada, un país literario: un poeta en su plaza principal, un muy cantado orgullo nacional por su lengua madre y el centro cultural más importante de Liubliana ostentando el nombre de un escritor; pero las calles se han empecinado en contradecir mis impresiones. Cada vez que visitaba Trieste, ya radicado en Liubliana, me sentaba en sus cafés junto a personas que leían el diario; me hacían sentir a gusto, en casa. Fue hasta mi primer encuentro con una de esas siluetas urbanas en un café triestino que me di cuenta que extrañaba en Liubliana la cercanía del lector de diarios. Ahora he encontrado un café en Stari Trg donde un hombre religiosamente lee el Delo todas las mañanas. Hace ya muchos meses que no siento la necesidad de ir a Trieste a sentarme en sus cafés. El solitario lector de Stari Trg me es suficiente. Hablé con él hace unos días: es un traductor. Otro hombre lee sentado en un café cerca del río: es un extranjero.
¿Es acaso que en Eslovenia se lee poco en espacios públicos y ávidamente en los privados? ¿Cómo puedo empatar mi idea de la Eslovenia literaria con la noticia de que la lista de libros más vendido está dominada por una pareja de presentadores de televisión que escriben sobre cocina?
2
En mi familia los libros representaban una declaración, si no de principios, si de aspiraciones. Nuestra biblioteca formaba un discurso unívoco junto al piano –que una vez entró en nuestra sala, al parecer, con el único objetivo de que todos tuvieramos que rodearlo para ir al jardín–. De ningunos dedos familiares surgió nunca una sonata, pero el mensaje era claro como el día: “no somos una familia con burdos gustos clasemedieros; le damos un sitio entre nosotros a la cultura, y aunque nos gusten las muñequitas de Lladró, tenemos un instrumento musical clásico y lomos de libros uniformemente empastados con nombres de plumas ilustres.”
Mi madre comenzó a leer los libros de aquella biblioteca familiar para contrarrestar la soledad y el abandono. Luego, a través de una conversación, un artículo o un programa de radio, se construyó la esperanza de comprender el mundo a través de aquellos –había dejado la escuela al nivel secundario. Era huérfana. Nadie leía en su casa de adopción–.
Yo pasaba mucho tiempo con ella, así que apenas aprendí a leer, comenzamos a hacerlo juntos. No teníamos un programa, aunque de vez en cuando ella intentaba recomendarme algo. Yo comencé a leerlo todo, desde Julio Verne, al Reader’s Digest hasta la guía de la televisión. Leía una semana a Dickens y a la siguiente al Paulo Coehlo de entonces: Og Mandino. Leía los anuncios de autos usados, las notas tiradas en el piso y los consejos sexuales del Cosmpolitan, mientras a mi madre le arreglaban el cabello en el salón de belleza. Pero juntos, en su cama y ante la mirada de incomprensión de mis hermanos, escuchábamos con nuestros ojos a los muertos.
3
Como le sucedía a Borges –o al menos le sucedió en una ocasión– a mi también en el pasado me asaltó el horror por la multiplicación de los libros, que suele ser una pesadilla de dos filos; dos angustias. Una, la de sentir que uno no podrá leer todo lo que hay por leer y dos, la de no saber donde terminarán los libros que nunca serán leídos. Esta segunda angustia, que bien puede confundirse con otras preocupaciones ecológicas, ha sido perfilada, de forma definitiva, por una fatídica y maravillosa invención, que llamamos de común, el libro de bolsillo.
A Aldus Manitius, el viejo, es a quien después de todo debemos culpar por el altero de paperbacks que se acumulan en la bodegas de editoriales y librerías. Aldus, no sólo era el líder impresor en la Venecia del Alto Renacimiento y un humanista prodigioso –responsable de la edición de clásicos griegos y latinos y creador de la primera colección de fuentes itálicas– sino que en un soplo de sutil observación y genio, decidió, al inicio del siglo XVI, imprimir libros en octavos de pliego que los hombres de ocio de entonces pudieron llevar consigo en sus bolsos o en sus carteras.
La semilla estaba plantada. Luego Allen Lane, a finales de los años 30’s del siglo pasado y después de visitar a Agatha Chritsie en la campiña inglesa, buscó en una estación de trenes algo decente que leer: sólo encontró literatura pobre en ediciones baratas. Pensó entonces que podría producir libros de buenos autores en ediciones sencillas y bien presentadas, que los lectores pudieran encontrar en estaciones de trenes o estancos de periódicos al precio de diez cigarrillos.
Ninguna institución cultural ha hecho tanto por la lectura como el buen señor Lane y sus libros del pingüino.
4
Habíamos levantado un circo hermoso mi amigo Daniel y yo –todos nos decían que no podríamos hacerlo–. Lo levantamos porque nuestra revista se había vuelto tan popular que sus presentaciones no podían ser hospedadas en ningún bar de San Miguel –todos nos decían que una revista de artes y letras no funcionaría en aquel pueblo–. Al bar del circo vinieron una tarde unos artistas de una ciudad vecina. Nosotros les decíamos “que suerte la de ustedes que viven en una ciudad donde hay tantos apoyos estatales a la cultura”, angustiados como estábamos siempre por nuestro precario equilibrio económico. Ellos miraban nuestro circo lila y beige con torres de diez metros forjadas por un herrero local y decían, “al contrario, que suerte la de ustedes: nosotros venimos aquí para ver como se hace cultura sin dinero del estado. En nuestra ciudad ya nadie se mueve si no está dentro del presupuesto.”
La primera vez que hablé con alguien en Liubliana sobre producir teatro “independiente” –un teatro que no dependiera de la administración de la cultura– me miró como si le estuviera proponiendo tener sexo casual con hienas. Recuerdo que en México existía un dicho que era una disculpa jocosa de aquellos que mamaban del erario público a través de los cientos de dependencias estatales que existían bajo el cobijo del gobierno: “vivir fuera del presupuesto, es vivir en el error”. No estoy en contra de los apoyos estatales a las actividades artísticas, pero sí de las clases cortesanas que invariablemente se forman en torno a las instituciones que los otorgan y de la inercia que genera invariablemente. Los proyectos artísticos o editoriales terminan por diseñarse para complacer a los burócratas de la cultura, antes que intentar seducir al público. No se buscan vacíos culturales, sino nichos en los presupuestos.
Hace unos años un crítico cultural en México atacaba la filantropía cultural del poder afirmando que “querer administrar la cultura es como querer decretar la primavera.” No puedo estar más de acuerdo. ¿Y por qué fue Ljublajana la capital mundial del libro?, me pregunto. ¿Hizo más la ciudad por sus lectores o el título por la ciudad? Creo que la batalla por la sobrevivencia del libro se libra en espacios íntimos y privados. La naturaleza de nuestra relacion con los libros al final se ha resuelto no en juntas de elegantes funcionarios públicos, sino entre las personas de a pie; porque el amor por los libros no se programa o se calcula; se contagia.
No me quita el sueño la posible desaparición del libro, me lo quita la desaparición de nuestra relación con aquello que hemos buscado por generaciones en los libros. No me parece indispensable que esta relación se de con las páginas obtenidas de la celulosa o con una pantalla electrónica. Sí me preocupa que en la sociedad en la que vivo la inocencia y curiosidad con la que debe uno acercarse a un tinglado de posibles nuevas ideas desparezcan. Desde que los sumerios acumularon información en sus tablas de arcilla, hemos ampliado nuestra capacidad de recordar y comunicar exponencialmente. Esta capacidad se ha vuelto tan incalculable como lo era la biblioteca de Borges e incluye ahora un extenso discurso de imágenes. Y sin embargo, seguimos leyendo; seguimos buscando los textos en las plataformas electrónicas, como siempre buscamos las pequeñas tarjetitas con palabras frente a la obras plásticas en los museos.
Aún así, no es difícil tener la sensación, dentro del bien protegido mundo del libro en Eslovenia, de que los traductores, escritores y editores, traducen, escriben y editan para leerse entre ellos mismos. ¿Se convertirá entonces el libro en un “culto de los pocos” como lo es, por ejemplo, la danza contemporánea? ¿se leía más antes? ¿cuándo fue que existió el paraíso perdido de los lectores? Y si es cierto que la afición por la lectura se ha ido desvaneciendo ¿podemos señalar un enemigo?
5
En 1926, un diario madrileño comenzó a publicar una serie de ensayos del filósofo español José Ortega y Gasset. En este grupo de ensayos, el autor anunciaba la entrada en escena del hombre-masa en el mundo occidental del siglo XX. Este hombre-masa vivía en un mundo suavizado por la ciencia y tecnología y se encontraba en éste como un pez en el agua. Era un hombre de su tiempo que se sentía satisfecho con su naturaleza e inclinaciones. Todo lo sabía, o por lo menos todo lo importante. No había nada más que aprender que lo que le facilitara obtener mayores satisfactores concretos. Ningún apetito era abyecto y quienes poseían una moral o guiaban sus vidas con exigencias “superiores” sólo obtenían su desprecio. El hombre-masa era como el adolescente consentido de la historia: todo se le debía a su persona y él mismo, no sentía ninguna responsabilidad ni agradecimiento hacia la sociedad que lo había encumbrado en donde se encontraba.
En 1939, Espasa Calpe se convirtió en la primera editorial del mundo de habla española en seguir el ejemplo de la editorial Penguin. Ese año lanzó al mercado masivo una colección austera y atractiva para hacer accesible a las mayorías las grandes obras de las letras mundiales. Su primer lanzamiento fue un libro que reunía aquel grupo de ensayos de Ortega y Gasset bajo el título de La Rebelión de las Masas.
Hoy ya no vivimos bajo la sombra de aquella anunciada rebelión. Vivimos bajo su imperio. Conceptos como democracia, justicia e igualdad han sido peligrosamente vinculados a los apetitos más burdos y los gustos más pusilánimes. Mientras, quien se atreva a criticar lo que le gusta a las mayorías es señalado como un intrigante elitista: un opresor. El objetivo más claro para las mayoría de los jóvenes en nuestro entorno es el placer inmediato y personal; y su posible gloria absoluta, la celebridad. Al mismo tiempo, la pereza y la nostalgia se han aliado para que gran parte de la generación que precede a los que ahora estudian, se haya entregado a la facilona cultura pop: muerte a Tolstoy (¡qué pesado!), ¡viva la lucha libre! El recuerdo de las generaciones que vivieron un mundo de represión moral, sexual y política nos persuade ahora de tomar una postura que pudiera parecer conservadora. No estamos construyendo un mundo. En el mejor de los casos, la mitad de la población vive en el miedo constante a que el actual se colapse y la otra mitad se encuentra ocupada en obtener todos los beneficios que éste puede ofrecer (o convencer a los otros de que son los que más los disfrutan). Y mientras, como Cavafys, seguimos esperando a los bárbaros, porque, después de todo, los bárbaros quizás terminen de destruir esta civilización, pero serán los primeros que la vuelvan a leer con avidez.
La ecuación que creo lo resume todo es: demasiada información, muy poca educación (dije educación, dios mío, que dirá de mi un relativista). A la mayoría del pueblo esloveno, como a la del latinoamericano, llegó quizás demasiado tarde la literacidad; apenas un par de generaciones de eslovenos y latinoamericanos de a pié tuvieron la oportunidad de enfrentarse al conocimiento y al gozo a través de la palabra escrita antes que el tsunami de los medios masivos homogeneizara la estutlicia por todos sitios. La aspiración de acceder a una vida más plena a través del esfuerzo, el estudio y la dedicación se tornó muy pronto en la carrera por encontrar atajos que mostraran de forma acelerada el brillo de los beneficios más obvios. Países como Francia e Inglaterra tenían instituciones culturales y hábitos de lectura más sólidos para hacer frente a este tsunami; el prestigio del conocimiento había sido inoculado más profundamente. Nuestros países no tuvieron tanta suerte.
Hace unos días una amiga me mostró los nuevos títulos de primavera de la editorial Beletrina. Celebré en ese mismo momento el esfuerzo casi heroico de quienes se empeñan en enriquecer la oferta de lectura en lengua eslovena y entendí, al mismo tiempo, que este esfuerzo sería impensable sin el apoyo económico del Estado. Pero ¿qué será de todos esos libros? ¿no se está oficiando un ritual que tiene muchos ejecutores y pocos feligreses?
No sé si se puede revertir este proceso sin la ayuda de los bárbaros; me queda la esperanza del contagio. No podemos esperar a que el gobierno nos ayude a enfrentar este tsunami. Pedirlo, en parte, sería exigirle encarnar su rol de censor, que es un papel que no debe cumplir, bajo ninguna circunstancia. El hacer frente a este imperio del gusto masivo es una labor individual, social, civil que quizás está condenada al fracaso desde un inicio, pero que es la única labor que puede devolver el interés y el respeto por las mejores voces de los difuntos.
Hace muchos años que mi madre dejó de intentar entender al mundo a través de los libros. No recuerdo exactamente el periodo en que dejó de leer, pero en algún momento decidió dejarme caminar sólo mientras ellas se concentraba en el improbable oficio de esquivar los demasiados golpes de los días. Ella se había dejado inocular el virus de la lectura el tiempo suficiente para contagiarme a mí; luego, sus empeños viraron hacia la salud: una equilibrada ingestión de frutas y verduras, caminatas y ejercicios matutinos y la prueba de múltiples disciplinas alternativas suplieron su apetito literario. Yo la dejé alejarse del mundo que ella me había abierto; ahora lo lamento. Quizás su vida no hubiera cambiado de forma tangible, pero estoy seguro que los dramas de sus días hubieran tenido una melodía más profunda si hubiera dejado que los libros, como decía Quevedo, al sueño de su vida, hubieran hablado despiertos.
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