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Este ensayo fue publicado originalmente en esloveno, con traducción de Mojca Medvedsek, en el suplemento Objektiv, del diario Dnevnik de Eslovenia el sábado 5 de noviembre del 2011.
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Ese día yo había faltado a la escuela y miraba el partido de fútbol desde la casa familiar, construída en una zona suburbial sobre los restos volcánicos de la erupción del volcán Xitle, en el sur de la ciudad de México. Era la copa del mundo de Alemania, 1974. Brasil –un favorito siempre en mi país– se enfrentaba a la selección de Yugoslavia en el partido inaugural. ¿Yugo qué?. ¿Ma, dónde está Yugoslavia?, le pregunté a mi madre sin dejar de mirar el partido. ¿Qué? ¿De qué me estás hablando? Ella se afanaba de una lado a otro coordinando las labores domésticas en la casa de tres pisos. ¿Que qué es Yugoslavia?, le insistí desde el sofá siguiendo los decepcionantes vaivenes de la verdeamarelha. Entonces ella, mientras revisaba el estado de unas camisas blanquísimas de mi padre sobre la tabla de planchar me dijo sin mirarme: “Ah, Yugoslavia, sí…(el cuello impecable, los puños incolumnes, las iniciales diminutas bordadas por un sastre en hilo color vino en el pecho izquierdo) Yugoslavia, claro, me dijo; Yugoslavia es un país de excepción, gobernado por un hombre de otro planeta.”
A cierta edad, uno le cree todo a su madre (y más si lo que a uno le dicen tiene el formato narrativo del inicio de un cuento de hadas). Yo no sé si en aquel momento ella recién había leído algún artículo del Reader’s Digest sobre Tito y sus partisanos o simplemente repetía algo que le había escuchado decir a mi padre en alguna conversación (mi padre era un ex dirigente estudiantil de izquierda convertido en político del partido único en el poder; partido en estrecha amistad con la Yugoslavia de Tito); el caso es que yo me dije en aquel momento (y quizás mientras Ilija Petkovic fallaba miserablemente frente al arco enemigo), y luego me lo fui repitiendo por muchos años mientras crecía en aquel país caótico, telúrico y colorido “perfecto, Yugoslavia… pues sí, que bien, si las cosas no van del todo bien para mí por estas latitudes, siempre tengo la opción de escaparme a vivir al paraíso”.
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¿Y tú, Pascual, no estás orgulloso de ser mexicano? La pregunta me la hacía, 30 años después de aquel partido, una amiga de origen vasco, radicada en México. La discusión se centraba en un paisano que se comportaba más como un español (nacido en México, hablaba con un dejo de ceceo castizo), que como mexicano (delito de lesa humanidad, a decir de los nacionalistas de mi país). No, le dije a mi amiga, orgulloso no, feliz o afortunado, sí, mucho, mientras miraba al susodicho evitar las mexicanas salsas picantes y enriquecer su pollo con aceite de oliva (conducta que en ciertas cantinas de México puede ser tomada como una clara muestra de inclinación homosexual); pero no creo que uno deba sentirse orgulloso de haber nacido en ningún sitio, conitnué –demasiadas desgracias han sido alimentadas por esa falacia pueril como para que la dejemos operar en nuestra psique–.
Afortunado, sí; siempre afortunado. Hace un par de años cruzaba la frontera entre Croacia y Serbia con dirección a Belgrado, horas después de que se anunciara al mundo la detención de Karadzic en su avatar de médico alternativo. En la línea divisoria se veía una gran tensión y la fila de vehículos esperando a cruzar a ambos lados era descomunal. Después de un par de horas y al llegar mi turno en el puesto de revisión serbio, le entregué mi pasaporte al agente y volteé a mirar a mi acompañante para hacer un comentario ligero para parecer despreocupado cuando escuché que me gritaban: ¡Pascual! Sí señor, soy yo, respondí con una estrategia juguetona, sin respirar. El agente me miró serio, muy serio, luego dibujo una traviesa curva con sus labios y me dijo: ¡Viva México! ¡Bienvenido a Serbia!
En la peculiar alquimia de las relaciones internacionales a nivel popular, México ha terminado el siglo XX con un saldo a su favor. El cine de los 40’s, el tequila, la música, las playas, el mariachi, el pecho de Salma Hayek y una política exterior independiente y amigable nos han conferido un aura de país “amigo”. Sin embargo, en lo que va del presente siglo nos hemos dedicado a dinamitar esta imagen: 30 muertos diarios en promedio (muchos de ellos degollados o con claras muestras de tortura) en una guerra contra las drogas idiota, pero imbécil, con una sociedad que se derrumba entre la corrupción, la inoperancia y el miedo. Aún así, cada vez que produzco el nombre de mi país de origen, una sonrisa se produce frente a mis ojos. Pobres, pienso; es que deben estar mal informados. Orgulloso no, pero afortunado.
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Uno puede presentar sobre su pescuezo cualquier rostro con un pasaporte francés, ruso o norteamericano; ¿se puede presentar cualquier rostro con un pasaporte esloveno? En mi particular caso –apariencia nativoamericana con rasgos mediterráneos– , creo que siempre tendría que ofrecer una explicación a cambio de una mirada de recelo, de desconfianza. (Al llegar al aeropuerto de Brnik hace algún tiempo, en un avión poblado de rubios, los guardias de seguridad saltaron prácticamente de sus asientos para pedir revisar mi equipaje; su gran perspicacia profesional los había llevado a identificar visualmente que yo sólo compartía el 99.9 por ciento de la carga genética con los otros pasajeros.) Eslovenia ha establecido su identidad nacional en términos de sangre y lengua –la misma fuerza con la que ha mantenido su cohesión de forma heroica y hasta entrañable, es la misma que muchas veces la constriñe y aprovinciana en su apertura a los otros–. El asunto no es intrínseco a su demografía y dimensión territorial; la misma perplejidad que produciría un pasaporte esloveno con mi rostro generaría un hombre negro con un pasaporte chino. China, como Eslovenia, son las tierras de los chinos y los eslovenos, respectivamente. Los Estados Unidos, en contraste, se la han jugado bien con el marketing: America es la tierra de los libres. La ventaja es evidente, si la agenda de una nación no registra la defensa de sus tradiciones como una absoluta prioridad.
Aún así, el nacionalismo en Eslovenia es de bajo impacto hacia los extranjeros, y se agradece. Es un nacionalismo callado, matizado, casi escondido –claro, si uno no comete la terrible falta de tacto de pertenecer a una de las repúblicas que compartieron hasta hace unos años el destino con la república Eslovena–.
El complejo nacional mexicano se parece más al serbio que al esloveno: grandes tragedias, grandes y míticos mártires, una especie de paraíso perdido a través de las manos de un enemigo real o imaginado; un rosario de traiciones, invasiones y batallas perdidas que nos unen al parecer a un insalvable destino; pero el mexicano se parece al esloveno en una característica medular: nuestra idea nacional está anclada al pasado; hemos sido incapaces como nación de proyectarla al futuro –si aceptamos que querer llenarse de beneficios materiales y querer con cierta ansiedad ser considerados humanos alfa no puede ser una idea de nación.
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Sin mediar advertencia, una mujer tomó mi mano en un autobús urbano, la llevó a su muslo y me preguntó ¿sabes qué es esto? La ciudad era Londres, el año 1981, la mujer era serbia y lo que quería que yo sintiera sobre su muslo era el elástico de un liguero negro (bueno, yo no sabía en ese momento que era negro.).
Marina me habló de su país por dos semanas maravillosas, mientras caminábamos por Hyde Park, por la plaza de Trafalgar o la de Leicester. Me hablaba de un mundo articulado a través del gozo y la hermandad; su padre volvía del trabajo –donde compartía innumerables beneficios con queridos camaradas– a comer a su casa todos los días y le pellizcaba el culo a su mujer, mientras comprobaba el buen olor de sus guisos. Yo nunca vi a mi padre pellizcarle el culo a mi madre. ¿Cómo se podía llegar a ese sitio donde la vida se encontraba infectada de erotismo y el gozo era un sinónimo del trabajo?
Volví a mi país y durante años no me perdí película, documental, artículo o noticia que hablara de la tierra de los eslavos del sur; asistía a toda proyección de películas de la entonces llamada Europa Oriental y para mí, todos los rostros, las ciudades y los paisajes eran yugoeslavos; hasta que un día abrí un diario y me encontré con lo imposible: la guerra se había desatado en el edén.
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Nunca se me ha preguntado tanto cómo llegué y por qué me he quedado a vivir en ningún lugar del mundo tanto como aquí. En Eslovenia no sólo escucho estas preguntas de forma insistente hacia mi persona, sino que las escucho formuladas una y otra vez a otros extranjeros. Es una especie de incredulidad mezclada con orgullo sublimado. Muchos no pueden entender como alguien que pueda residir en Nueva York, Londres o Barcelona, decida, sin compromisos que lo obliguen, vivir en Ljubljana.
Lo mío no es inmigración, debo aclararlo; es turismo lento. Quien migra, por lo general, busca un mejor futuro para sí y para su decendencia. Yo no vine a Ljubljana para buscar un mejor futuro, viaje y me instalé aquí para encontrar un mejor presente. Lo mío tampoco es exilio –esa condición que es más terrible, cuanto más involuntaria–; yo simplemente me alejo de mi país de forma periódica, desde hace más de veinte años, para verlo a la distancia, como se aleja uno de un rostro o de una pintura para mirarlos distinto.
Llegué a Eslovenia hace ya casi cuatro años por una mezcla de azar e interés. Vine en parte buscando los rastros de esa Yugoslavia que siempre anhelé y nunca conocí. Vine buscando ese espíritu balcánico que para Latinoamérica en general tiene un soundtrack de Bregovic y un guión de Kusturica. Qué lejos me he encontrado de todo ello. Sí, me he tropezado esporádicamente con algunos trazos de aquella Yugoslavia y algunos vislumbres de aquel espíritu, pero Eslovenia no es el epicentro de aquello que yo buscaba (la vida es aquello que encontramos mientras buscamos otra cosa, diría un iluminado). Aquí he encontrado un pueblo hegemónico, alpino, vital y más cálido de lo que se permite creer a sí mismo; pero también temeroso, reservado y receloso; fortalecido por sus inquietudes y sus dudas; debilitado y empobrecido por sus certezas y sobre-protección.
Ljubljana y mi natal ciudad de México son las perfectas antípodas como lugares de residencia. La ciudad de México es descomunal, inabarcable, desmesurada; funciona en la magia de la incertidumbre. Ljubljana, al contrario, funciona en la calma de lo medido, es previsible, manejable, hiper-controlada. En la ciudad de México siento que bajo la tierra fluyen oscuras y reptilíneas corrientes de muerte, gozo, contradicción, arrepentimiento. Sobre la ciudad de Ljubljana a menudo siento que sólo corre el servicio municipal de autobuses. En la plaza principal de la ciudad de México mi corazón late oscurecido por una historia llena de resistencia heroica y de brutales traiciones y derrotas; los alaridos de los antiguos sacrificios humanos se mezclan con la grisura y la aplastante condición de la miseria repartida, frente a la opulencia de los ungidos por la gracia del poder. En la plaza Preseren –cada día más abierta a ser rentada comercialmente como un stand de feria- y en el mercado al aire libre de Ljubljana encuentro el orgullo de una lengua y la calma de un pueblo y sus costumbres, salpicados por aquí y por allá de vanos esfuerzos por adquirir derecho de piso en un mundo cosmpolita y competitivo. Y en días soleados, entre estatuas vivientes mediocres, visitantes de los suburbios con ropas deportivas y músicos gitanos de ojos dulces, encuentro también una infinidad de madres empujando orgullosas el futuro de Eslovenia. ¿Cuál futuro?
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El ser turista lento tiene sus inconvenientes –en las oficinas de la antigua Tobacna no hay una ventanilla para turistas lentos–; mientras uno se ocupa de encontrar un mejor presente, uno comienza a tomarle cariño a las calles, a los campos, a la gente. Uno comienza a fascinarse por el pasado del pueblo que lo aloja a uno e, irremediablemente, a preocuparse por su futuro. Eslovenia ha perdido varios escaños en los índices de competitividad mundial durante los útlimos meses y esto en medio de la más profunda crisis que haya vivido la moneda compartida de la Unión Europea desde su creación. Yo podría seguir viviendo aquí, mientras la bondad durara, como en un pintoresco pueblito de parque temático. Pero no puedo.
En mi país existe un tabú que previene a los extranjeros de expresar cualquier opinión sobre la política de México. Yo nunca simpaticé con aquel tabú, pero aún así siento pudor a expresar mis opiniones políticas sobre Eslovenia. Así pues, ennumeraré mejor mis preocupaciones:
Me preocupa que los jóvenes no hablen de política local; que no reaccionen de forma organizada y constante a las medidas, enmiendas y manejos en las altas esferas del gobierno esloveno y europeo. Me preocupa que no lean los diarios y que cuando quieran mostrarse “políticos” vistan camisetas con el “Ché” o exijan la desaparición de los asentamientos judíos en Palestina (pedir el fin de la matanza de focas en el mundo es chic, pero limpiar la ribera del Ljubljanica es un trabajo tedioso).
Me preocupa la naturaleza clientelar de la sociedad eslovena; ¿qué porcentaje de los empleos en Eslovenia se otorgan por amiguismo y conexiones? ¿el 60, el 70, el 80 por ciento? El problema no es de corrupción gubernamental, es de corrupción social.
Me preocupa la relación filio-paternal entre pueblo y gobierno, herencia de un pasado nada lejano. Como resultado de esta relación veo (con mis problemas de miopía acrecentados por no dominar la lengua) una población estudiantil apática y sobre-consentida; una academia esclerótica y enamorada más de las jerarquías que del conocimiento; una aristocracia cultural auto-complaciente y muchas veces estéril, entregada sobre todo a una ingeniería conceptual barroca aplaudida casi siempre por un público fácil; una población laboral demasiado dependiente, al grado del infantilismo, de lo que el estado y las empresas le puedan ofrecer, donde la iniciativa privada parece ser un estado alterado de conciencia sólo asequible por medios sicotrópicos.
Cada vez que escucho a un esloveno reaccionar con enojo ante la posibilidad de perder los beneficios sociales de los que ahora goza me pregunto ¿y tendrá dentro de sí el coraje también de ver que esos beneficios vayan a extenderse a esos niños que las madres empujan en carritos de diseño por las calles de Ljubljana en los días soleados?¿o también espera que eso lo solucione papi-gobierno en los próximos años? Y me pregunto ¿tiene caso defender el sistema de bienestar como un derecho divino sin ocuparse en resolver cómo se producirá la riqueza para sostenerlo?
Cuando cavilaba sobre algunos problemas de mi país mientras vivía un tiempo en la Califronia de los años 80, observe las dinámicas de migración en los Estados Unidos. Todos los días llegaban al país personas de todos los rincones del mundo para abrirse camino; pero también los norteamericanos se movían por todo su territorio para buscar mejores opciones, más grandes promesas. De regreso a mi país me encontré con que en cualquier comunidad, por más pequeña que esta fuera, eran casi siempre los inmigrantes (de otros pequeños pueblos, de otras regiones, de otros países) los que más arriesgaban, los que más innovaban, los que lo daban todo todos los días. Los locales eran por lo general más conservadores, menos arriesgados, más consentidos. México tiene un problema de migración: su vectores son sólo dos: hacia la gran ciudad y hacia los Estados Unidos. ¿Tiene Eslovenia un problema de inmigración por omisión? ¿no terminara su miedo a perder su identidad de lengua y de sangre asfixiando su economía y por lo tanto, su futuro? ¿Puede Eslovenia abrir su puertas a una inmigración calificada? Y si no, ¿podrán los eslovenos convertirse en los imigrantes de su propia tierra, de sus propios sueños? ¿pueden soñar todavía?
Eslovenia tiene una población altamente educada, inteligente y con una fuerte ética de trabajo; pero tendrá que deshacerse de viejos vicios para enfrentar el mundo que se nos avecina. Y no lo va a hacer sólamente defendiendo sus tradiciones; lo tendrá que hacer su pueblo arremangándose y decidiendo que la política no es algo sucio que se le deja hacer a esos hombres que sólo sienten el sordo bulto del poder. Que la política la tiene que hacer la mayoría, en todas las acciones y en todos los días.
Desde su independencia de aquel país que yo vi empatar con Brasil en el mundial de 1974, Eslovenia a adquirido una oportunidad envidiable: aprovechar su dimensión deomográfica para establecer una democracia altamente directa. Elegir gobernantes es una acción débil de democracia; una cortina de humo; un salvoconducto para la docilidad.
Sin aspirar a un pasaporte esloveno, yo me quedaré por un tiempo más entre estas calles, disfrutando de su gente, de su tono, de su pudor y su mesura, y esperando siempre a ver cualquier señal, cualquier gesto que me indique que el pueblo anda por el camino de sacudirse parte de su historia y se ha decidido a tomar, de forma más decidida, las riendas cabales de sus días.
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